Aquel año fue más húmedo en cuanto a precipitaciones de nieve de lo normal, la consecuencia de esto es que, incluso ya avanzado el verano, en las montañas de Sierra Nevada permanecían neveros y lagunas aún congeladas. Esta circunstancia me motivó para acceder desde la localidad de Capileira, en la Alpujarra de Granada hacia el valle de Siete Lagunas.

La ruta de acceso fue lenta, debido a la altitud y al peso de la mochila, así que aproveché para parar y descansar en varias ocasiones tratando de disfrutar del aire limpio de las montañas. El sendero comenzó en el paraje denominado «Alto del Chorrillo» y desde allí se dirige hacia la loma del Mulhacén, para luego girar y llegar a la laguna Hondera, la más baja del valle de Siete lagunas, situada a 2.900 metros de altura. Por el camino pude observar cabras monteses y el devenir de ciertas aves de alta montaña.

Cuando llegué a la cañada de Siete lagunas la nieve cubría muchas zonas y el valle estaba espectacular con pequeños túneles de nieve, arroyos de aguas transparentes surcando los verdes borreguiles y el cielo azul recortando la cresta de las montañas más altas de la península ibérica. Tras pasear por la zona y descansar me dispuse a pasar la noche cerca de la laguna Altera situada a 3.060 metros de altitud.

El cielo por la noche ofrecía un espectáculo extraordinario, brillando las estrellas como pocas veces lo había visto; de hecho, había pensado en fotografiar algunas escenas nocturnas aprovechando que la luna, aún en fase creciente, iluminaba algunas zonas del paisaje. Estar en este lugar por la noche es un privilegio para los que amamos los cielos estrellados.

La laguna permanecía aún cubierta de nieve, con una capa de hielo color azul endurecido pese a las temperaturas veraniegas. El paraje es un santuario natural, situado entre dos montañas: la Alcazaba y el Mulhacén, a más de tres mil metros de altura, en el corazón de la cadena montañosa de Sierra Nevada.

Ya más avanzada la noche, me asaltaban algunas preguntas del tipo: ¿qué hago yo aquí tan lejos de todo? -me preguntaba-. Y un poco más tarde entendí que las rocas, la nieve, el hielo, las estrellas y viento se manifestaban en plenitud generando una atmósfera cargada de belleza, donde lo único que podía estar de más era mi presencia pues, por muy respetuosa que fuera mi actitud, no dejaba de ser un invitado que no sobreviviría en ese entorno mucho tiempo sin echar mano de elementos artificiales.

Aquella noche las estrellas parecían titilar como si quisieran enviar señales de vida, como si alguien estuviera enviado un mensaje en codigo morse con sus destellos. El suave viento que soplaba de la montaña hacia el valle, era el único sonido de la noche así como el crujir de mis pisadas en la nieve. De vez en cuando surcaba el cielo una estrella fugaz creando la sensación era de estar en un universo lleno de vida.

Mirando las estrellas recordaba la idea de que, al morir, cuando dejara mi cuerpo, mi alma podría viajar a una de esas estrellas, por lo que podía intuir la mirada amorosa de algunos seres queridos, ya fallecidos, desde el cielo.

Traté de disfrutar del espectáculo y del regalo que para mí supuso estar rodeado de tanta belleza y armonía pero, el cansancio me fue invitando a descansar, así que abrí el saco de dormir y me tumbé sobre la esterilla tratando de recuperar el cuerpo para la siguiente jornada de montaña.

Unas horas más tarde amanecía, cambiando totalmente el escenario que había dejado en mi retina al anochecer, la luz del Sol invadía el circo superior del valle de Siete lagunas cambiando el cielo estrellado por un azul inmaculado que recortaba las aristas de la montaña; comenzaba un nuevo día.

Datos de la toma:

cámara réflex digital, 16 mm de sitancia focal, f5,6 vel: 71 seg, ISO 3200, trípode y cartulina negra para dosificar manualmente la entrada de luz en ciertas zonas del encuadre. Edición: PS.