Aquella tarde me dirigí hacia la sierra de la Sagra, situada en el norte de la provincia de Granada. Estábamos en marzo y el invierno arreciaba con frentes que dejaban nevadas en las sierras granadinas. Una vez que llegué a la carretera que une las localidades de Huescar y la Puebla de Don Fadrique, tomé dirección al puerto de la Losa. La carretera estaba helada en algunos tramos, pero circulando despacio llegué bien al puerto de montaña.

Tras varios paseos, comprobé la belleza de esta montaña en invierno, cuando se cubre de nieve. Su cara norte estaba llena de grandes pinos y los arroyos cercanos bajaban cargados de agua. Pronto comenzó a anochecer y observé como la luna, que estaba en fase creciente, se desplazaba por el cielo como antesala de lo que vería un rato más tarde. Algunas personas habían parado el coche en la carretera para ver la nieve y disfrutar del escenario, más propio ese día de los paisajes nórdicos que de estas latitudes del sur de España, recuerdo charlar unos minutos con mi amigo Jesús Claudio García, vecino de Huescar y tambien aficionado a la fotografía al que aprecio por la gran labor divulgativa que hace de esta comarca en su blog personal.

Tras un breve paseo tuve tiempo de descansar y cenar mientras comenzaron a aparecer en el cielo los primeros luceros. En ese momento se había quedado todo en silencio, ya no pasaba nadie por la zona y me desplacé a un lugar en medio de una pradera blanca junto a una valla para el ganado y coloqué un trípode con la cámara de fotos sobre él, ya que mi intención era dejarla activa para obtener algunas secuencias de lo que aconteciera en el cielo durante la noche. Poco a poco comenzaron a brillar las estrellas, hasta llenarse el cielo por completo de puntos luminosos.

Era una noche fría y el viento no dejó de soplar con fuerza, lo que me obligó a permanecer en el saco de dormir durante largos periodos de tiempo. Solo salía unos minutos para comprobar cómo era el estado del cielo. Durante la noche, surcaron el cielo algunas estrellas fugaces, como ésta que muestra la fotografía adjunta, cuando la Vía láctea asomaba explendorosa sobre la montaña de la Sagra.

Este paisaje me reveló lo vivo que está el universo y todo lo que ocurría cuando cerraba los ojos por la noche. Los planetas, las estrellas, los cometas y las galaxias seguían brillando y moviéndose en el firmamento; así como la necesidad de valorar la posibilidad de ver el cielo estrellado desde el lugar donde vivimos.

La sierra de la Sagra es uno de los lugares que mejor explican cómo debieron de ver los cielos nuestros antepasados cuando la única luz que iluminaba los paisajes por la noche era la de una hoguera donde calentarse y protegerse del frío.

Las estrellas fugaces parecían fuegos artificiales creados por la propia naturaleza, «estrellas errantes» que aparecen y desaparecen, despertando por un momento la imaginación y el asombro hacia el misterioso universo.

Datos de la toma:

cámara réflex digital, distancia focal: 16 mm f2.8, vel 32 seg, ISO 3200. Trípode y mando temporizador. Edición: PS