reflejo dorado

El agua que se acumula en la naturaleza puede adquirir diferentes matices de color según el momento del día y la posición del Sol. En algunos paseos por los espacios naturales de mi entorno hay embalses que se llenan prácticamente al cien por cien sobre todo cuando llega la primavera por el aporte extra del deshielo de Sierra Nevada como es el caso del embalse de Quéntar, situado en el centro de la provincia de Granada.

Cuando pasé cerca de este lugar circulaba en bicicleta por la carretera que une las localidades de Qúentar y La Peza. Una ruta muy bella paisajísticamente hablando por la presencia de dos embalses: el de Qúentar y el de Francisco Abellán. Ambos elevan el nivel de sus aguas dejando los pinares al borde de su superficie, lo que les otorga un ambiente más propio de los paisajes alpinos.

Este paisaje me reveló la capacidad de las masas de agua de adaptarse a las formas de paisaje. Las del embalse de Quéntar provienen del aporte de los ríos Aguas Blancas y Padules.

La imagen no suele repetirse todos los años, pues hay ciclos de sequía que impiden que el nivel de las aguas suba hasta cubrir la línea de corte que queda grabada en las laderas de las montañas y que dibuja el máximo del nivel de las aguas. Me dispuse a realizar una fotografía que pudiera recordar este momento y me permitiera revivir algunas de las sensaciones que estaba sintiendo.

Aquella tarde la luz del atardecer encendió los riscos de las montañas, cuya luz dorada se reflejó en las aguas. Este pequeño efecto generó un paisaje revelador, un momento donde pude percibir la magia del ciclo del agua: una invitación a navegar sobre las tranquilas y transparentes aguas, acompañado de ese frondoso bosque de coníferas y amenizado por el sonido de las aves y el chapoteo inesperado de algún pez que salía a la superficie.

Estuve unos minutos descansando y recreándome en el paisaje, pues intuía que se trataba de un regalo que la naturaleza tenía preparado para quien se detuviera unos minutos a observarlo.

Agua, bosques y montañas se unían en un pequeño valle alimentando la idea de un paraíso en la Tierra, donde la coexistencia pacífica de los seres vivos con el resto de la humanidad aún fuera posible. El color dorado de las aguas era la señal de esperanza que me revelaba esa posibilidad.

Datos de la toma:

cámara móvil, 18 mm, f2,4, v 0,7 seg, modo panorámico. A pulso. Edición: PS

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